¡¡¡Ya pueden dejar comentarios!!!
Modifiqué el método de entradas para dejar comentarios en el blog. Esto, claro, si alguien tiene ganas.
Los inconvenientes surgieron porque uno (el que suscribe) es medio zapallo anquito en el manejo del blog. Además, la conexión hogareña desde la cual intento subir las cosas a la red es menos confiable que el slogan de la provincia.
Ahora ya está: sólo hay que ir a comentarios (comments) y dejarlos allí de manera anónima. En todo caso, pueden dejar su nombre al final del comment y listo. Es más fácil que tomarse el trabajo de registrarse en blogger.com. Obvio, esta opción también está disponible para lectores con paciencia.
Esto responde a lo que hace algunos días me señalaron varias personas que osaron llenarse las patas de polvo. Ellas fueron las que me dijeron que no podían dejar un comentario. "Varias personas" son exactamente dos. Pero bueno, si tomamos en cuenta que cuatro fueron las personas que leyeron el blog, ¡estamos hablando del 50 por ciento!. ¿Quién dijo que las estadísticas mienten y no sirven?... je.
Creo que ahora ya se puede. Por si las moscas de los frutos, ahora me voy a mandar un comentario para comprobarlo (será un "onano-comentario", como para subirme la autoestima y ahorrar la plata que gastaría en piscólogos para conseguir una conexión más rápida a internet).
En los próximos días, en breve nomás, habrá otra actualización.
Hasta entonces.
Con la cabeza en Manhattan y los pies en la tierra de la barda. Ciudadanos de prestado en un primer mundo imaginario que arranca en el Topsy del Alto y desaparece donde termina el asfalto. Estas son las crónicas de su gente. De los que están arriba del cordón cuneta y de los otros, los que se quedaron abajo con las patas llenas de polvo.
viernes, octubre 06, 2006
viernes, septiembre 29, 2006
Los pibes que están al horno (auténticos niños envueltos)
Creo que se llama Johanna. Vive en el sector Los Hornos. No es pequeña, es re-chiquita. Así lo cuenta ella misma, a puro prefijo, cuando en un esfuerzo de producción intenta señalar que tiene entre tres y cuatro dedos de edad.
Se la ve más chiquita todavía, es como si creciera la mitad de lo que crecen otros chicos de su misma edad. No parece ser la única: con sólo echar un rápido vistazo a todos los alumnos en edad de jardín y de primaria que viven en esa zona de Neuquén alcanza para darse cuenta que la mayoría de ellos no tiene ningún destino de NBA.
No están desnutridos, y se les nota. Han tenido evidentes problemas de alimentación en sus cortas existencias. Y eso también se les nota.
Van todos a un anexo de la escuela 234 de Plottier, un edificio desvencijado de la central educativa ubicada a unos 20 minutos de auto de la zona de la pre-meseta, justo al pie de la barda norte. Pero no es Plottier, es Neuquén capital, aunque en un lugar lo suficientemente alejado como para no aparecer en los mapas.
De hecho, toda esa zona en la que viven unas 600 personas está registrada como una mancha verde en el plano de Neuquén dentro de “Valentina Norte Rural”, un barrio en el que, a priori, muchos suponen que sólo hay barda, un sector de chacras, producción petrólera, un campo de golf muy elegante y un cementerio privado al tono.
Pero no, porque entre tanto muerto ilustre, césped cortito y guanaco petrolero hay un barrio. Hay varios en realidad dentro de la misma zona. Allí está Los Hornos, un asentamiento más allá del hipódromo que le debe al nombre a los antes lejanos hornos de cocción de ladrillos que sobreviven en pleno desierto.
No hay luz, no hay agua corriente. Eso de las cloacas parece ser un invento de la gente de la ciudad, y lo del gas una novela por capítulos que los vecinos reciben mes a mes en forma de bono.
El anexo de la escuela 234 está en el corazón del barrio. Hace 11 años que funciona en una casa prefabricada adornada con dos trailers petroleros que parecen salidos de un museo de YPF. En uno funciona un equipo electrógeno. En el otro los baños. No funciona ninguno de los dos.
Se sobreentiende que no hay clases. Hace tres semanas. Quizás el lunes que viene, si cumple su palabra los funcionarios de Educación que se acordaron de que tenían una escuela a cargo en el medio de la barda. La amnesia desapareció el jueves pasado, después de que un grupo de y papás de maestros le patearan suavemente la puerta del Consejo de Educación, para reclamar la compra de dos repuestos que le faltan al grupo electrógeno. Y de paso, pedirles si le hacen una escuela “común, como esas que hay en todos los barrios”, como les explicaba de Mariana, una de las docentes.
Si para muestra basta un botón, el anexo en cuestión es decididamente el botón. El resto de la prenda de vestir parece estar en Plottier, porque aquí no hay saco cruzado ni hombreras ni más botones. En todo caso es un mísero bolsillo interno de esos pequeñitos en los que sólo entra un encendedor y un par de monedas.
Los hermanos más grandes de Johanna van todos al anexo de la 234. Una de las primeras cosas que aprendieron fue a compartir: desde el primer día de clases les explicaron que la parte izquierda del pizarrón verde es para los chicos de primer grado, la del medio para los de segundo y el extremo que queda está reservado para los grandes de tercero.
La venganza se la toman en los recreos. La escuela será un desastre, pero tiene una gran cancha de fútbol con arcos de metal que aplanaron sus propios padres. Y no es sólo eso, en realidad es un campo de juego-campo de estudio. Allí aprenden física desde chicos: hasta los de primero saben qué es eso de la ley de gravedad, sobre todo aquellos que defienden la valla ubicada hacia el este, y que sufren la inclinación de la cancha. No hubo plata para contratar una máquina para que emparejara el suelo. Está lisita, pero con caída hacia uno de los lados.
Igual le dan a la pelota, aunque con el acuerdo previo de jugar siempre a dos tiempos, como para sacarse ventaja de manera equitativa.
A veces sucede que no pueden usar la cancha, sobre todo cuando se levanta un poco de viento. En realidad lo que no puede usarse es el barrio. Se quedan directamente dentro de sus casas, porque se hace imposible caminar entre la tormenta de arenisca y pequeñas toscas que esmerilan los vidrios de las viviendas.
Contra el viento, nada mejor que una buena arboleda. Ese es el principio de muchos vecinos que en su obstinación de hacerle frente a las corrientes de aire siembran sauces, algunos olmos y todo lo que crezca con poco agua de camión en suelo pedregoso. Saben, además, que se viene el verano, y sin árboles no hay media sombra que alcance.
Los pibes igual se divierten con el viento. Johanna corre frente a su casa acompañada por seis perros también chiquitos. Todas son hembras, de esas que se reproducen de a un montón y que terminan superpoblando la cancha de fútbol en medio del partido.
Esa misma cancha que, a lo lejos, cuando se llega al barrio desde Almafuerte, parece que estuviera toda rodeada de papelitos. En realidad son blosas de supermercado despedazadas por el viento patagónico, que se deshilachan en partes muy pequeñas y se pegan a lo primero que encuentran en su camino. Son tantas que, cuando el aire no sopla, tapizan las entradas de todas las viviendas, de la escuela, de la calle, de la pared del hipódromo. De todo.
Son de restos de basura. De mugre que no es del barrio. Del barrio que a veces es una mugre por culpa de la basura que se produce en otros barrios.
Igual, Johanna sigue corriendo con los canes detrás, con su hermana más grande que mucho no habla pero que mira fijo desde el fondo de sus ojos negros enormes, con la hija de la vecina que también es petisita. Las tres y las cachorras levantan polvareda.
Se van hasta la canchita envueltas en un torbellino de tierra; en una nube de polvo en la que parecen regir leyes distintas a las del resto de la ciudad. Ahí no hay escuelas que no funcionen, no hay basura esparcida por las calles, ni canchas inclinadas, ni gente deslomándose al calor de los hornos. Envueltas en el mundo que es propio de los niños, da la sensación de que no quieren perderse eso de ser chicos, a pesar de todo.
Y se ríen mucho.
En realidad, como dos montones.
Creo que se llama Johanna. Vive en el sector Los Hornos. No es pequeña, es re-chiquita. Así lo cuenta ella misma, a puro prefijo, cuando en un esfuerzo de producción intenta señalar que tiene entre tres y cuatro dedos de edad.
Se la ve más chiquita todavía, es como si creciera la mitad de lo que crecen otros chicos de su misma edad. No parece ser la única: con sólo echar un rápido vistazo a todos los alumnos en edad de jardín y de primaria que viven en esa zona de Neuquén alcanza para darse cuenta que la mayoría de ellos no tiene ningún destino de NBA.
No están desnutridos, y se les nota. Han tenido evidentes problemas de alimentación en sus cortas existencias. Y eso también se les nota.
Van todos a un anexo de la escuela 234 de Plottier, un edificio desvencijado de la central educativa ubicada a unos 20 minutos de auto de la zona de la pre-meseta, justo al pie de la barda norte. Pero no es Plottier, es Neuquén capital, aunque en un lugar lo suficientemente alejado como para no aparecer en los mapas.
De hecho, toda esa zona en la que viven unas 600 personas está registrada como una mancha verde en el plano de Neuquén dentro de “Valentina Norte Rural”, un barrio en el que, a priori, muchos suponen que sólo hay barda, un sector de chacras, producción petrólera, un campo de golf muy elegante y un cementerio privado al tono.
Pero no, porque entre tanto muerto ilustre, césped cortito y guanaco petrolero hay un barrio. Hay varios en realidad dentro de la misma zona. Allí está Los Hornos, un asentamiento más allá del hipódromo que le debe al nombre a los antes lejanos hornos de cocción de ladrillos que sobreviven en pleno desierto.
No hay luz, no hay agua corriente. Eso de las cloacas parece ser un invento de la gente de la ciudad, y lo del gas una novela por capítulos que los vecinos reciben mes a mes en forma de bono.
El anexo de la escuela 234 está en el corazón del barrio. Hace 11 años que funciona en una casa prefabricada adornada con dos trailers petroleros que parecen salidos de un museo de YPF. En uno funciona un equipo electrógeno. En el otro los baños. No funciona ninguno de los dos.
Se sobreentiende que no hay clases. Hace tres semanas. Quizás el lunes que viene, si cumple su palabra los funcionarios de Educación que se acordaron de que tenían una escuela a cargo en el medio de la barda. La amnesia desapareció el jueves pasado, después de que un grupo de y papás de maestros le patearan suavemente la puerta del Consejo de Educación, para reclamar la compra de dos repuestos que le faltan al grupo electrógeno. Y de paso, pedirles si le hacen una escuela “común, como esas que hay en todos los barrios”, como les explicaba de Mariana, una de las docentes.
Si para muestra basta un botón, el anexo en cuestión es decididamente el botón. El resto de la prenda de vestir parece estar en Plottier, porque aquí no hay saco cruzado ni hombreras ni más botones. En todo caso es un mísero bolsillo interno de esos pequeñitos en los que sólo entra un encendedor y un par de monedas.
Los hermanos más grandes de Johanna van todos al anexo de la 234. Una de las primeras cosas que aprendieron fue a compartir: desde el primer día de clases les explicaron que la parte izquierda del pizarrón verde es para los chicos de primer grado, la del medio para los de segundo y el extremo que queda está reservado para los grandes de tercero.
La venganza se la toman en los recreos. La escuela será un desastre, pero tiene una gran cancha de fútbol con arcos de metal que aplanaron sus propios padres. Y no es sólo eso, en realidad es un campo de juego-campo de estudio. Allí aprenden física desde chicos: hasta los de primero saben qué es eso de la ley de gravedad, sobre todo aquellos que defienden la valla ubicada hacia el este, y que sufren la inclinación de la cancha. No hubo plata para contratar una máquina para que emparejara el suelo. Está lisita, pero con caída hacia uno de los lados.
Igual le dan a la pelota, aunque con el acuerdo previo de jugar siempre a dos tiempos, como para sacarse ventaja de manera equitativa.
A veces sucede que no pueden usar la cancha, sobre todo cuando se levanta un poco de viento. En realidad lo que no puede usarse es el barrio. Se quedan directamente dentro de sus casas, porque se hace imposible caminar entre la tormenta de arenisca y pequeñas toscas que esmerilan los vidrios de las viviendas.
Contra el viento, nada mejor que una buena arboleda. Ese es el principio de muchos vecinos que en su obstinación de hacerle frente a las corrientes de aire siembran sauces, algunos olmos y todo lo que crezca con poco agua de camión en suelo pedregoso. Saben, además, que se viene el verano, y sin árboles no hay media sombra que alcance.
Los pibes igual se divierten con el viento. Johanna corre frente a su casa acompañada por seis perros también chiquitos. Todas son hembras, de esas que se reproducen de a un montón y que terminan superpoblando la cancha de fútbol en medio del partido.
Esa misma cancha que, a lo lejos, cuando se llega al barrio desde Almafuerte, parece que estuviera toda rodeada de papelitos. En realidad son blosas de supermercado despedazadas por el viento patagónico, que se deshilachan en partes muy pequeñas y se pegan a lo primero que encuentran en su camino. Son tantas que, cuando el aire no sopla, tapizan las entradas de todas las viviendas, de la escuela, de la calle, de la pared del hipódromo. De todo.
Son de restos de basura. De mugre que no es del barrio. Del barrio que a veces es una mugre por culpa de la basura que se produce en otros barrios.
Igual, Johanna sigue corriendo con los canes detrás, con su hermana más grande que mucho no habla pero que mira fijo desde el fondo de sus ojos negros enormes, con la hija de la vecina que también es petisita. Las tres y las cachorras levantan polvareda.
Se van hasta la canchita envueltas en un torbellino de tierra; en una nube de polvo en la que parecen regir leyes distintas a las del resto de la ciudad. Ahí no hay escuelas que no funcionen, no hay basura esparcida por las calles, ni canchas inclinadas, ni gente deslomándose al calor de los hornos. Envueltas en el mundo que es propio de los niños, da la sensación de que no quieren perderse eso de ser chicos, a pesar de todo.
Y se ríen mucho.
En realidad, como dos montones.
viernes, septiembre 15, 2006
Biografía autorizada del autor.
Nunca expliqué quién soy. Creo que fue por el apuro de arrancar con el blog. Y como hablar de uno es bastante tedioso (me conozco bien y sé que me aburriría de mí mismo) rescaté un viejo perfil elaborado por un ignoto escritor de costados, a quien nadie le conoce el rostro; y que andaba dando vueltas por Internet. Que sirva entonces a modo de presentación:
“Por Damián Díaz, biógrafo de estrellas (ya lleva contadas como 272).
Mauricio García. Periodista. Cronista, en realidad (y dice que a mucha honra). Experto opinólogo, especialidad que adquirió de joven (luego el tiempo hizo que se olvidara) cuando supo hacer extensas ponencias sobre la conveniencia de ubicar el opi más acá o más allá de las lecheras. Siempre tuvo dudas acerca de si el opi era “hopi” u “opi” a secas. Optó por la segunda: estaba seguro que “opinólogo” no iba ni con H ni h, es decir, ni larga ni corta.
Cronista de diario y de radio: labura todos los días y siempre en la misma zona.
Desestudiante universitario crónico. Hace como 10 años que no estudia sistemáticamente, ¡pero qué elegante manera de disimular!.
Entrevistado en una oportunidad por una revista -pidió especialmente evitar que se recuerde cuál fue esa oportunidad y esa revista- (N de la R: igual nadie se acuerda de ninguna de las dos) confesó ser un rocker frustrado que jugaba de cinco, aunque a veces lo mandaban al arco. Algo gordito, pero ni tanto como para ser el dueño del balón.
Hace un tiempo también se le dio por creerse surfer, pero para evitar una nueva frustración se refiere en tono místico al asunto: habla de una actividad que lo engrandece “desde adentro”. Se refiere al mar, no a su espíritu: siempre se queda bien adentro del agua porque si avanza hacia la rompiente se parte el marote con la punta de la tabla.
Nacido y criado en Mar del Plata, malcriado en diversos barrios de la misma ciudad, de adolescente vivió en San Martín de los Andes, donde cursó sus estudios secundarios y se aprendió la mitad del Himno de Neuquén sin repetir ni soplar. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos realizados, nunca logró memorizar el Himno de Sarmiento ni la versión original de Aurora que, dicho sea de paso, siempre le pareció muy vacuna. Sólo logró cantar la parte de “pobre aguilucha, le pegué en la truchaaa”.
Alumno modelo (modelo ’74 con papeles originles, nunca taxi) fue escolta de ocasión, más precisamente, en una sola ocasión, cuando el pibe que jugaba de titular se enfermó justo antes de uno de los actos).
Siendo adolescente tardío, quiso ser locutor: se fue a Buenos Aires en búsqueda del conocimiento, pero se volvió en bondi a la cordillera con una confusión de carácter casi lingüística: se le lenguaba la traba cuando intentaba pronunciar palabras raras como “inventio” o “dispositio”. Tras mudarse a 1.700 km. de su casa para aprender palabras raras, ya en Buenos Aires le explicaron que la carrera se trataba de otra cosa. Dice que todo fue una gran confusión, y que en el ISER nunca lo entendieron: él pensaba que locución hacía referencia a “elocutio”, la tercera de las operaciones retóricas en la constitución de los discursos. Pero le erró y se volvió a la Cordillera.
También regresó por un amor que había dejado cobijado entre las montañas y el agua del Lácar, y al otro año se lo llevó consigo (es sólo una manera de decir, porque ambos se mudaron al Alto Valle; digamos que fue una manito que le dio la suerte). Ambos viven ahora juntos en Neuquén felices y comen pollos; no perdices porque la caza de aves silvestres les da como impresión.
Actualmente atraviesa su propia década infame (tiene 31 años) y dice que cuando sea grande se va a vengar de todos y va a ser rocker y surfer a la vez, además de papá, aunque primero quiere madurar (todavía ´tá verde como las paltas que venden en el Topsy).
Promete no abandonar nunca el periodismo, aún en la eventual situación en la que el periodismo y algunos medios de comunicación se pongan de acuerdo y decidan hacerlo a un lado (otra N de la R: aparentemente, no se trataría de un auténtico amor por el oficio, sino de la imposibilidad de ganarse la vida por otros medios).
De momento, trabaja en uno de los móviles de una radio de Neuquén capital, LU5, desde donde se estaría robando las historias con las que pretende llenar un blog que lleva como nombre “Con las patas llenas de polvo”, y que puede encontrarse en: asfaltosinterminar.blogspot.com.”
Nos vemos.
Nunca expliqué quién soy. Creo que fue por el apuro de arrancar con el blog. Y como hablar de uno es bastante tedioso (me conozco bien y sé que me aburriría de mí mismo) rescaté un viejo perfil elaborado por un ignoto escritor de costados, a quien nadie le conoce el rostro; y que andaba dando vueltas por Internet. Que sirva entonces a modo de presentación:
“Por Damián Díaz, biógrafo de estrellas (ya lleva contadas como 272).
Mauricio García. Periodista. Cronista, en realidad (y dice que a mucha honra). Experto opinólogo, especialidad que adquirió de joven (luego el tiempo hizo que se olvidara) cuando supo hacer extensas ponencias sobre la conveniencia de ubicar el opi más acá o más allá de las lecheras. Siempre tuvo dudas acerca de si el opi era “hopi” u “opi” a secas. Optó por la segunda: estaba seguro que “opinólogo” no iba ni con H ni h, es decir, ni larga ni corta.
Cronista de diario y de radio: labura todos los días y siempre en la misma zona.
Desestudiante universitario crónico. Hace como 10 años que no estudia sistemáticamente, ¡pero qué elegante manera de disimular!.
Entrevistado en una oportunidad por una revista -pidió especialmente evitar que se recuerde cuál fue esa oportunidad y esa revista- (N de la R: igual nadie se acuerda de ninguna de las dos) confesó ser un rocker frustrado que jugaba de cinco, aunque a veces lo mandaban al arco. Algo gordito, pero ni tanto como para ser el dueño del balón.
Hace un tiempo también se le dio por creerse surfer, pero para evitar una nueva frustración se refiere en tono místico al asunto: habla de una actividad que lo engrandece “desde adentro”. Se refiere al mar, no a su espíritu: siempre se queda bien adentro del agua porque si avanza hacia la rompiente se parte el marote con la punta de la tabla.
Nacido y criado en Mar del Plata, malcriado en diversos barrios de la misma ciudad, de adolescente vivió en San Martín de los Andes, donde cursó sus estudios secundarios y se aprendió la mitad del Himno de Neuquén sin repetir ni soplar. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos realizados, nunca logró memorizar el Himno de Sarmiento ni la versión original de Aurora que, dicho sea de paso, siempre le pareció muy vacuna. Sólo logró cantar la parte de “pobre aguilucha, le pegué en la truchaaa”.
Alumno modelo (modelo ’74 con papeles originles, nunca taxi) fue escolta de ocasión, más precisamente, en una sola ocasión, cuando el pibe que jugaba de titular se enfermó justo antes de uno de los actos).
Siendo adolescente tardío, quiso ser locutor: se fue a Buenos Aires en búsqueda del conocimiento, pero se volvió en bondi a la cordillera con una confusión de carácter casi lingüística: se le lenguaba la traba cuando intentaba pronunciar palabras raras como “inventio” o “dispositio”. Tras mudarse a 1.700 km. de su casa para aprender palabras raras, ya en Buenos Aires le explicaron que la carrera se trataba de otra cosa. Dice que todo fue una gran confusión, y que en el ISER nunca lo entendieron: él pensaba que locución hacía referencia a “elocutio”, la tercera de las operaciones retóricas en la constitución de los discursos. Pero le erró y se volvió a la Cordillera.
También regresó por un amor que había dejado cobijado entre las montañas y el agua del Lácar, y al otro año se lo llevó consigo (es sólo una manera de decir, porque ambos se mudaron al Alto Valle; digamos que fue una manito que le dio la suerte). Ambos viven ahora juntos en Neuquén felices y comen pollos; no perdices porque la caza de aves silvestres les da como impresión.
Actualmente atraviesa su propia década infame (tiene 31 años) y dice que cuando sea grande se va a vengar de todos y va a ser rocker y surfer a la vez, además de papá, aunque primero quiere madurar (todavía ´tá verde como las paltas que venden en el Topsy).
Promete no abandonar nunca el periodismo, aún en la eventual situación en la que el periodismo y algunos medios de comunicación se pongan de acuerdo y decidan hacerlo a un lado (otra N de la R: aparentemente, no se trataría de un auténtico amor por el oficio, sino de la imposibilidad de ganarse la vida por otros medios).
De momento, trabaja en uno de los móviles de una radio de Neuquén capital, LU5, desde donde se estaría robando las historias con las que pretende llenar un blog que lleva como nombre “Con las patas llenas de polvo”, y que puede encontrarse en: asfaltosinterminar.blogspot.com.”
Nos vemos.
martes, septiembre 12, 2006

Mi encuentro con Chayanne
Cualquier cosa puede pasar en los barrios neuquinos, pero nunca imaginé que sucedería justo ahí donde dicen que está el agite. Sí, debo confesarlo, lo conocí a Chayanne y me cayó bien.
Canta bien pero no baila. Y se está recuperando de las heridas que le infligió un aguilucho que, aseguran las malas lenguas, no es de Gran Neuquén Sur sino que asola esa zona de la ciudad para saciar su hambre de cantantes latinos prefabricados.
Chayanne es un canario color amarillo canario, aunque un poquito más fluorescnte (sí, como el de los resaltadores). Es una de las compañías que tiene Don Moiana, un hombre de 83 años que hace mucho tiempo vive ahí sobre la calle Quimey, muy cerquita de Rodhe.
Todo esto viene a cuento de la charla que tuvimos esta mañana, un ratito ante de las 8, ahí en su casa. Nos había citado para mostrarnos un prolijo petitorio escrito en una hoja de cuaderno Arte (de los viejos, con la tapa de color celeste gastado, como el de las banderas). Reclamos para mejorar un poco el barrio; un regador para su calle polvorienta, árboles, algo de verde de piso y un banco para matear a la sombra y jugar al truco en la plaza de Quimey y Rodhe. También algo en el centro: un banco en la parada de bondis que está sobre avenida Olascoaga frente al monumento a la Madre.
Cuando me fui (nos fuimos; andaba con Jorge en el móvil), terminé por darme cuenta de una cosa: si a esa edad conserva las ganas para llamar a la radio y hacer un mini rosario de pedidos a quien corresponda es porque evidentemente recorre las calles, habla con sus vecinos, vive la ciudad todos los días. Vive.
Y pensar que a veces uno, que recién arranca a vivir su década infame, tiene fiaca o se cansa de las imbecilidades propias de una ciudad como Neuquén. Da envidia, da desear que en esa parte de la vida en la que sólo te acompaña el canto de un canario uno siga pidiendo lo que le corresponde.
Con muchas ganas de vivir. Son los viejitos que no se van a cansar nunca de exigirle al PAMI un trato digno de viejitos. Son los ancianos que nunca se cansaron de quejarse frente al Congreso de la Nación. Son los/as Norma Plá, son todos los don Moiana que andan girando por ahí con su bastón a cuestas, son mi abuelo Cholo que sigue haciéndole juicio al Estado después de que lo cagaron durante toda una vida con la jubilación.
Qué lindo pasar los 80 y seguir siendo un hinchapelotas, ¿no?
Ojalá llegué a los 83 años igual que Don Moiana, con ganas de seguir reclamando.
Ojala llegué a los 83 años igual que Don Moiana
Ojala llegué a los 83 años
Ojala llegué
Ojalá
Ah!, y qué pasó con el pájaro?. Pues nada, ahí sigue en su jaula, cantándole a los jilgueros y gorriones que todas las mañanas visitan al anciano que riega el patio de su casa con miguitas de pan. Un capo ese Chayanne.
Si les interesan las historias de pájaros/vecinos neuquinos, chequeen el suplemento aniversario de Neuquén del diario La Mañana Neuquén. Saltéense el sapo Sobisch (no vale la pena at all) y sigan para delante hasta encontrar al vecino que vive en la esquina de casa, acá en Villa Florencia, junto a su mujer, sus perros y más de 100 pájaros sueltos dentro de su casa.
Nos vemos.
Cualquier cosa puede pasar en los barrios neuquinos, pero nunca imaginé que sucedería justo ahí donde dicen que está el agite. Sí, debo confesarlo, lo conocí a Chayanne y me cayó bien.
Canta bien pero no baila. Y se está recuperando de las heridas que le infligió un aguilucho que, aseguran las malas lenguas, no es de Gran Neuquén Sur sino que asola esa zona de la ciudad para saciar su hambre de cantantes latinos prefabricados.
Chayanne es un canario color amarillo canario, aunque un poquito más fluorescnte (sí, como el de los resaltadores). Es una de las compañías que tiene Don Moiana, un hombre de 83 años que hace mucho tiempo vive ahí sobre la calle Quimey, muy cerquita de Rodhe.
Todo esto viene a cuento de la charla que tuvimos esta mañana, un ratito ante de las 8, ahí en su casa. Nos había citado para mostrarnos un prolijo petitorio escrito en una hoja de cuaderno Arte (de los viejos, con la tapa de color celeste gastado, como el de las banderas). Reclamos para mejorar un poco el barrio; un regador para su calle polvorienta, árboles, algo de verde de piso y un banco para matear a la sombra y jugar al truco en la plaza de Quimey y Rodhe. También algo en el centro: un banco en la parada de bondis que está sobre avenida Olascoaga frente al monumento a la Madre.
Cuando me fui (nos fuimos; andaba con Jorge en el móvil), terminé por darme cuenta de una cosa: si a esa edad conserva las ganas para llamar a la radio y hacer un mini rosario de pedidos a quien corresponda es porque evidentemente recorre las calles, habla con sus vecinos, vive la ciudad todos los días. Vive.
Y pensar que a veces uno, que recién arranca a vivir su década infame, tiene fiaca o se cansa de las imbecilidades propias de una ciudad como Neuquén. Da envidia, da desear que en esa parte de la vida en la que sólo te acompaña el canto de un canario uno siga pidiendo lo que le corresponde.
Con muchas ganas de vivir. Son los viejitos que no se van a cansar nunca de exigirle al PAMI un trato digno de viejitos. Son los ancianos que nunca se cansaron de quejarse frente al Congreso de la Nación. Son los/as Norma Plá, son todos los don Moiana que andan girando por ahí con su bastón a cuestas, son mi abuelo Cholo que sigue haciéndole juicio al Estado después de que lo cagaron durante toda una vida con la jubilación.
Qué lindo pasar los 80 y seguir siendo un hinchapelotas, ¿no?
Ojalá llegué a los 83 años igual que Don Moiana, con ganas de seguir reclamando.
Ojala llegué a los 83 años igual que Don Moiana
Ojala llegué a los 83 años
Ojala llegué
Ojalá
Ah!, y qué pasó con el pájaro?. Pues nada, ahí sigue en su jaula, cantándole a los jilgueros y gorriones que todas las mañanas visitan al anciano que riega el patio de su casa con miguitas de pan. Un capo ese Chayanne.
Si les interesan las historias de pájaros/vecinos neuquinos, chequeen el suplemento aniversario de Neuquén del diario La Mañana Neuquén. Saltéense el sapo Sobisch (no vale la pena at all) y sigan para delante hasta encontrar al vecino que vive en la esquina de casa, acá en Villa Florencia, junto a su mujer, sus perros y más de 100 pájaros sueltos dentro de su casa.
Nos vemos.
miércoles, marzo 08, 2006
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