lunes, marzo 12, 2007


Postales gastronómicas de gente bien I
Día de semana a las 13.45. Arde el mini Topsy del Alto (no es el top, top, sino el que está en Brown casi Juan B. Justo). Chico joven bien, de saco y corbata comprado en Amici y con billetera gorda de cuero (muchas tarjetas, poca plata) hace cola para comprar una bandejita de fiambre (jamón cocido) pan lactal (integral) y yogur (light, obvio. Ser, para más datos).
Eran cuatro personas esperando a una cajera típica de los Topsy: delantal rojo, visera sin gorro (será por la luz de los tubos fluorescentes), cartelito con nombre de pila y cara de agotada. El policía que estaba adelante pagó con $100. La chica se quedó sin vuelto. “Cambiooo”. La supervisora no venía nunca. El policía se corrió con sus dos bolsas amarillas y la chica siguió cobrando. Poco después le acercaron el sencillo, así que una vez que terminó de pasar los productos del segundo hombre de la cola le dio el vuelto al policía.
El cuarto cliente de la cola calculaba el tiempo pasado: unos 7 minutos.
Cuando la joven del cartelito Energizer le quiere cobrar al segundo cliente, éste también le paga con un billete de $100 (sí, parece que se ven muchas caras de Roca en esos Topsys). Otra vez la misma historia, y pasaron otros cinco minutos, hasta que llegó el cambio y la cola siguió avanzando. Le llega el turno al chico bien (unos 25 años aprox., pinta de profesional independiente pero que seguro, seguro, vive y/o curra del Estado. Apuesto un rostro de Roca a que es así…).
Habían pasado 10 minutos más o menos, pero el chabón ni se inmutó: pasa los productos y los guarda en la bolsita amarilla como si estuviera acomodando caviar y langosta importada (compró el mismo jamón que nosotros podemos conseguir en el Bomba). La señorita de la caja, que hacía un esfuerzo insuperable por ser amable a pesar de que se la notaba muy cansada, le anuncia la tarifa: “$23, 47”.
El joven bien saca su billetera de cuero Legacy del bolsillo de tras del pantalón formal marrón. Busca entre todas sus tarjetas (no sólo de crédito; también de VIP´s de boliches y bares variados), toma $24 y le paga a la cajera.
La chica toma $50 centavos de la caja, corta el ticket, “muchas gracias” y a otra cosa mariposa.
El cuarto cliente de la cola empieza a pasar sus productos, pero el tercero, el buen burgués, no se va. Cuenta las moneditas una por una y de mala manera se queja ante la empleada: “Te faltan 5 centavos”. La cajera no escucha, porque en realidad a esa hora ya no escuchaba absolutamente nada.
De nuevo, y con cara de supuesto fastidio: “Disculpame, pero me debés 5 centavos”. La chica le da la pequeña moneda con cara de traste, pero el joven no se va: se toma su tiempo para guardar sus cinco centavos en la billetera al lado de la caja, así que la abre, busca el bolsillo con cierre y la guarda. Había otro montón de moneditas ahí dentro.
Sigue sin irse: todavía tiene que guardar su billetera en el bolsillo trasero etc, etc. Recién entonces toma su bolsa de productos pedorros (pero comprados en el Alto) y desaparece.
Fueron 15 interminables minutos de demora para salir de esa caja, pero al joven profesional mucho no le importó: quería sus cinco centavos, porque efectivamente le correspondían; era su plata.
Entre reclamo y reclamo, el buen hombre hizo demorar más aún al resto de la cola, además de volver un poco loca a la pobre cajera desencajada de delantal rojo, aunque la verdad al chico mucho no le importó.
La pregunta es: ¿se puede ser tan miserable?. Evidentemente sí. Y como dice un amigo: “esos son los que tienen plata”. La verdad, verdad, prefiero cinco a centavos menos a no hacerle el aguante a la gente que labura de verdad todos los días.
Cuando este auténtico producto made in Neuquén (joven, saco y corbata, sobrador, soberbio y miserable) se estaba yendo, el cuarto y último cliente de la cola le dijo: “que pinta de garca que tenés”.
¿Si respondió?. No, en absoluto, los garcas son así: no se animan a decir nada porque son cagones, pero en cuanto te diste vuelta o te los volvés a encontrar te clavan sin piedad.

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